LOS REINOS DEL PERU

Los reinos del Perú: apuntes sobre la monarquía peruana

Editorial(es): Dupla editores
Lugar de publicación: Lima
Año de edición: 2001
Número de páginas: 303
Formato: 20.8 x 15.0

Reseñas

ALTUVE-FEBRES LORES, Fernán. Los Reinos del Perú. Apuntes sobre la monarquía peruana. Palabras preliminares de Guillermo LOHMANN VILLENA. Prólogo de Juan Vicente UGARTE DEL PINO, Lima: dupla Editorial, 2001, 303 pp. (2ª edición corregida y aumentada).

Siguiendo la estela trazada por los doctores Ricardo Levene y Alfonso García-Gallo de diego, el autor pretende en su obra confirmar que los reinos de las Indias no fungieron como colonias de la Monarquía Hispánica sino como parte  integrante de ellas; siendo consideradas miembros de pleno derecho. Uno de los testimonios más eminentes de lo expuesto se encuentra en la iconografía –fuente poco tratada por los historiadores del Derecho Indiano-, tal y como ya expuso el doctor García-gallo de diego en su clásica obra Metodológica del Derecho Indiano (Santiago de chile, 1974) y más recientemente la doctora Daisy Repodas Ardanaz y el propio autor de la obra aquí reseñada.

El Doctor Altuve-Febres Lores es Catedrático de Derecho Romano e Historia del Derecho en la Universidad de Lima. Ha presidido el consejo del Notariado hasta su elección como representante del congreso de la República. En su función como parlamentario ocupó la presidencia  de la Comisión de Reforma de Códigos.

La obra, abierta con una amplia introducción –sobre la noción del Estado, se encuentra dividida en tres partes –a su vez subdivididas en capítulos- en las que se abordan temas tales como”La vocación universal del Imperio Hispánico”, La monarquía del Nuevo Mundo” y la “Morfología de una dignidad imperial”, respectivamente. Todo ello  fundamentado en una amplia relación de fuentes y bibliografía, y expuesto con una ciudada prosa y sólida erudición.

La Ordenanza número 10 de Barcelona -20 de noviembre de 1542- se refería ya a las provincias o rreyno del Perú –y Virreinato desde ese mismo año- y no ya a la Gobernación de la Nueva Castilla. El Doctor Antonio Muro Orejón decía que existían “(….) reinos en las Indias, pero tan sólo donde haya virreinatos en cuanto la figura del virrey como representante personal del monarca así lo autentica. Los otros, aunque cartas geográficas, historiadores, tratadistas, así lo expresen, no lo son pues en el caso de serlo las funciones rectoras estarían desempeñadas por un virrey y al territorio se le denominaría virreinato, y no presidencia o gobernación”.

En el caso del virreinato del Perú, éste tenía su propia corte y capital en Lima y toda una  pléyade de insignes autores de época tal como Oña Vásquez de Espinoza, Cobo, etc.…., defendieron tal condición. El autor, coincidiendo con el Doctor Zorraquín Becú, añade que la relación entre España e Indias fue la de dos monarquías, una real y la otra imperial unidas bajo la soberanía de un mismo monarca, no existiendo por tanto la idea la anexión, sino la de la asociación. En dicho Virreinato, los soberanos hispánicos se consideraron de esta forma como sucesores de la corona incaica, siguiendo la idea de una  Translatio Imperii-punto ampliamente tratado en la segunda parte de la obra.

En la introducción se trata el tema de la historiedad del Estado y de sus orígenes. Para ello se analiza la concepción del Estado desde el Imperio Romano en adelante para concluir que la noción de Estado fue inexistente como principio político en la Historia hasta la decimosexta centuria. Igual revisión recibe el concepto “soberano”. Toda  la argumentación está fundamentada  en las teorías esgrimidas y desarrolladas por autores de la talla de San Agustín ç, San isidro de Sevilla, Acursio, Maquiavelo, Jean Bodin, Thomas Hobbes, etc.…Se pasa con posterioridad al caso concreto de la Monarquía Hispánica, donde resulta especialmente interesante el examen que se hace de la idea de Imperium en el ámbito hispánico. Concluyendo que “(…) la península no fue una unidad soberana, es decir, no fue un Estado: los  reinos no estaban unidos sino por  la obediencia al mismo gobernante, a un Monarca, quien era soberano de los imperios nativos incorporados a la cristiandad y al mismo tiempo de cada reino ibérico y sus demás posesiones europeas”. (pp. 91-92). Apreciación totalmente certera ya que hasta la época de Felipe V. que tras  la Guerra de Sucesión abolió los fueros y particularidades jurídicas de aquellos territorios peninsulares que lo habían apoyado en la contienda, no puede hablarse con propiedad de la existencia de España.

Pasando al análisis de la primera parte de la obra, “La vocación universal del Imperio Hispánico”, en ella se destaca la tendencia universal de la monarquía de los Austria expresada a la perfección en su divisa dinástica: “Austria est imperare ovni universo”, también conocida como “A.E.I.O.U..” Dicha inclinación termino con el advenimiento de la dinastía Borbón al trono hispánico y la puesta en práctica de un programa político centralizado y absolutista. Régimen que también repercutió en Indias con la implantación de las reformas borbónicas; cuya aplicación facilitó el camino de la  independencia de los territorios americanos y el colapso del antiguo Imperium Hispánico-derrumbe consolidado ya de forma inevitable en las Cortes de Cádiz.

La segunda parte del escrito,  “La monarquía del Nuevo Mundo”, principia con un acertado análisis de diversos aspectos relacionados con los Justos Títulos y la crítica que a los mismos, y desde fechas muy tempranas, se hicieron desde holanda, Francia e Inglaterra. Del mismo modo se trata brevemente de una sugerente, y poco investigada, cuestión: la cesión de los derechos dinásticos que los descendientes legítimos de los soberanos mexicas e incas hicieron a favor  de los titulares de la Monarquía Hispánica. Punto fundamental a la luz del Derecho común imperante en la época. Sugestivo resulta además la alusión realizada a los títulos y heráldica del César Carlos puesto que el “(…) blasón, conjuntamente con los títulos, tenían un sentido oficial muy preciso, pues eran en si una declaración política de los derechos del Señor Natural sobre los territorios determinados y estas manifestaciones expresaban la esencia de las relaciones particulares con cada una de sus respectivas posiciones. “ (pp. 159.169). Muy atrayente el estudio de los componentes políticos (=territorios) que conformaban la realidad territorial de la Monarquía Hispánica en la época del césar Carlos, así como del papel de los Reinos de las Indias, y más concretamente de los Reinos del Perú, jugaron en esa idea. Para ello se acude a la legislación, a la doctrina de los autores y a la icnografía. La opinión de diferentes pensadores como Pedro Peralta y  Barnuevo, expresada en 1714, confirman al Doctor Altuve-Febres Lores que  “(…) el Perú no era una simple colonia y ni siquiera una provincia de la monarquía, sino un imperio por derecho propio, y que la corona no había de considerarla como una provincia sino como parte  principal de su poder, y si no como cabeza de su gobierno, como corazón de su riqueza. “(p.207). Visión que fue certeramente cercenada por la  política reformista borbónica.

La tercera y última parte de este escrito, “Morfología de una dignidad imperial”, revisa la evolución del concepto “monarquía” y de la figura del soberano como punto central del sistema monárquico; examinando los órganos rectores de la monarquía tradicional de los Austrias y de la ilustrada de los Borbones. Analizando, al mismo tiempo, tres instituciones básicas que  posibilitan el entendimiento del funcionamiento del aparato político indiano: los virreyes, las Reales Audiencias y los cabildos seculares. Así,  a tres elementos fácticos” (…) que nos permiten reconocer una Unidad Política diferenciada de la cual emanaba un Maiestas hasta finales del siglo XVIII” (p.245), nos referimos a la moneda, los ejércitos y la legislación. El autor finaliza diciendo que el derrumbe de la monarquía peruana (sic) sobrevino al socaire de los movimientos independientes. Por  este motivo la República del Perú nació como Estado sucesor de la aludida monarquía peruana “(…), no sólo en su territorio y deudas, sino también reclamando para si todos sus privilegios, como lo evidencia el caso  del Patronato que había sido concedido al rey Emperador.” (p.283). Circunstancia que, por otra parte, se dio también en el resto de los países independizados tal y como ha estudiado minuciosamente la doctora Rosa María Martínez de Codes en varias publicaciones.

No queda sino animar al autor a que continúe profundizando en las innumerables cuestiones tratadas en este interesante libro, seguros de que las investigaciones que de ellas se deriven enriquecerán la historiografía indianista.

MIGUEL LUQUE TALAVÁN

Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo México

BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica

Los Reinos del Perú. Apuntes sobre la monarquía peruana
Fernán Altuve-Fevres Lores.2ª edición
Dupla Editorial, Lima, 2001. 303 pp.

La herencia hispánica sigue siendo objeto de estudio a ambos lados del Atlántico. La realidad incuestionable que conformó el llamado “Derecho Indiano”, concebido al modo omnicomprensivo de Santi Romano (normas jurídicas más instituciones político-administrativas) es hoy en día un atractivo elemento que contribuye a afianzar los lazos entre España, la antigua metrópoli, y las nuevas repúblicas hermanas surgidas en las procelosas aguas políticas y revolucionarias del siglo XIX. Porque su estudio no solamente sirve para poner de relieve un pasado común, sino también una serie de caracteres heredados, de herencias culturales comunes e indestructibles, en donde el Derecho juega un papel protagonista. Es éste el objeto principal del trabajo elaborado por el profesor peruano Fernán Altuve-Febres Lores, en el cual efectúa una atractiva y sugerente disección de la vida jurídica en uno de los dos grandes polos administrativos de la América hispánica: el virreinato del Perú (el otro, obvia decirlo, es el de la Nueva España, actual México). Con un prólogo de Guillermo Lohmann Villena, acaso uno de los mejores historiadores del Derecho que ha dado el Perú, la obra se adentra en los entresijos del Derecho y la Administración durante la dominación española, combinando aspectos de reflexión teórica y realidades prácticas. El Perú es el escenario sobre el que se proyectan toda una serie de consideraciones jurídicas y políticas. A pesar de la reducción en lo geográfico y en lo temporal (siglos XVI a XIX), el excelente trabajo supera esas limitaciones. Comienza con una visión global sobre el problema del Estado y su nacimiento (Introducción, pp. 43-92), en donde esboza brevemente las principales corrientes doctrinales que se han ocupado del problema desde la Edad Media en adelante. Coincidimos con él en el origen europeo de la idea y en la dificultad de sus introducción en la España moderna. El profesor Altuve prefiere manejar, lo cual es muy respetable y sumamente prudente, el término “unidad política” para el período examinado por la dificultad de aplicación del concepto “Estado” y por la decadencia que experimentaba la idea de “Imperio” en el siglo XVI y en momentos posteriores. El aspecto lingüístico y terminológico es muy cuidado y respetado. Sin embargo, las referencias al Imperio, a mi parecer, son erróneas. Desde hace tiempo se viene defendiendo el empleo de una expresión aglutinante: “Monarquía Hispánica Universal”, porque Imperio solamente lo fue con Carlos V y era un Imperio europeo no expansivo, sino clásico y tradicional. La universalidad pone de manifiesto la pluralidad de mundos unidos bajo la dirección hispánica. Es una sugerencia escrupulosa, si se quiere, pero que refleja con mayor exactitud la realidad política que se encontraba detrás.
El libro se divide en tres capítulos que brevemente paso a glosar. El primero (pp. 93-127) se ocupa de la llamada vocación universal de la monarquía española, contraponiendo el modelo de corte federalista o federalizante que encarnaron los Habsburgo, con un acentuado respeto a la diversidad de reinos y principados que conformaban sus posesiones, tolerancia de sus instituciones propias incluso de sus lenguas, frente al modelo borbónico francés, típicamente centralista, que acabó con esa idea de diversidad, sacrificada en aras de una uniformidad que no satisfizo a todo el mundo. Pero además lo que se reformó no fue solamente el modelo político territorial e institucional, sino que las importaciones francesas fueron más allá: el absolutismo frente a la tendencia pactista de ciertas regiones; la secularización frente a la confesionalidad de épocas anteriores; beligerancia de tipo religioso, que tuvo a los jesuitas como protagonistas de excepción, a pesar de la importante labor desempeñada en América; las reformas gubernativas con al figura de los intendentes que se superponen a las instituciones existentes; la ruptura de la idílica situación económico y su decidida vocación por la finalización de los monopolios, etc.. La crisis constitucional gaditana no hará más que acelerar las fuerzas centrífugas que se encarnarán en la Independencia.
El capítulo segundo (pp. 131-213) comienza narrando los inicios de la dominación hispánica en el continente americano y la famosa polémica de los justos títulos, magníficamente resuelta por Francisco de Vitoria y con cierto reflejo en la legislación posterior (Ordenanzas de Felipe II, 1573). El modo en que se procede a unir América a los restantes territorios de la Monarquía sigue siendo objeto de discusión (los maestros García-Gallo y Manzano han polemizado sobre esta ardua cuestión). El autor se limita a hacer constar, reiterando la opinión formulada por Levene, que las Indias no eran colonias, aunque tampoco se dio una plena integración política, ni tampoco una asociación, ni una unión personal. Fue una situación sui generis, acaso improvisada sobre la marcha, como sucede con buena parte de las instituciones indianas, que solamente el paso del tiempo pudo consolidar y convertir en definitivamente asentada. La hipótesis de los Reinos y de la Corona como entidad superior aglutinante, es atractiva porque permite poner de relieve la existencia de modos asimétricos de relación, es decir, que no todos los reinos se vinculaban de la misma forma con ese tronco común que constituía la Corona. La relación entre las Indias y Castilla fue así: especial, sin llegar nunca a la fusión, porque eran territorios sumamente diferentes, dispersos y distantes, unidos en lo cultural, pero manteniendo una separación fáctica y jurídica por la conjunción de intereses, necesidades y circunstancias opuestas entre ambos. Cierto es que Castilla anexiona el territorio descubierto. Pero el paso del tiempo va originando una separación derivada, como decía Montesquieu a propósito de las leyes, de la propia naturaleza de las cosas, que termina con la creación de un ordenamiento específico para el territorio americano. La experiencia castellana fue, de todas formas, un grado y así se evitó la reproducción de aquellos errores que se habían producido durante la Baja Edad Media. Las Indias fueron vistas como tierras de realengo que además deberían pertenecer siempre al mismo, sin posibilidad de enajenación, venta o permuta. Tierras del rey, donde era éste la única autoridad con sus delegados. Tierras del rey donde no hubo lugar para los señores, al modo europeo. Tierras del rey en las que triunfó sin oposición el poder del rey y de sus delegados.
Los territorios americanos fueron calificados, en muchos caso, como reinos. Así sucede en México y en el Perú, pero también en Chile y en otras regiones. Esa declaración, nominal y meramente formalista, se efectuaba usualmente sobre la base de la existencia de culturas políticas previas que hubiesen adquirido un importante grado de desarrollo. Los aztecas y los incas eran ejemplos consumados de estos pueblos con un nivel de desarrollo superior al resto de la población indígena (no quiero decir con esto que mejores, ni peores; simplemente, distintos y con diferentes grados de cultura). Los españoles emplearon hábilmente esas herencias políticas para entroncar con la nueva realidad proporcionada por los monarcas españolas. El Perú, como se demuestra en este libro, prueba claramente la continuidad que se produce del Imperio Inca al Imperio Hispánico, con la utilización práctica precisamente de esos justos títulos alegados para defender la legitimidad de la dominación. Algunas láminas que ilustran la lectura ponen de manifiesto este entronque: los retratos de los incas son continuados, a modo de árboles genealógicos, por los retratos de los reyes españoles.
El capítulo tercero se ocupa de la morfología del poder y la organización del mismo (pp. 213-286), por donde van desfilando los principales aparatos de aquél: el rey y sus ministros, el Consejo de Indias, los Virreyes, las Audiencias, los Cabildos, etc. Estos instrumentos eran los encargados de llevar a la práctica las tres labores más importantes del gobierno, que nuestro autor para el caso peruano sintetiza en tres grandes bloques: la moneda (tanto explotación de los recursos mineros como dirección económica), los ejércitos (de lo que dan buena cuenta las numerosas fortificaciones existentes, de entre las que destaca Callao, puerto militar por excelencia) y la legislación (no sistemática u ordenada, sino casuística, pero sí atenta a las necesidades de la población). Todo este sistema político subsistió más allá de la Independencia, lo que muestra la capacidad del Derecho para adaptarse a los más variados ambientes. La herencia hispánica fue, además, elemento a combatir para algunas facciones nacidas en los nuevos Estados independientes como declaraban expresamente en sus programas, de la misma forma que sus rivales propugnaban los principios contrarios.
El libro concluye con un obligado apartado de bibliografía (pp. 289-303). Diversas láminas e ilustraciones pueblan el texto lo que sirve en muchos casos para verificar y sostener ciertas afirmaciones, así como para ayudar a la comprensión de los ejemplos narrados. Se trata, en suma, de una obra completa que permite estudiar el modo específico de realización del Derecho Indiano en el ejemplo del Perú. Tiene, por tanto, la virtud de combinar los elementos jurídicos relativos a ese orden especial que fue el Derecho Indiano, junto a los elementos históricos, que iluminan aspectos de lo anterior, proporcionados por la Historia peruana. Desde aquí no nos resta más que felicitar al autor y esperamos que en el futuro nos siga proporcionando obras que ayuden a conocer más la Historia del virreinato peruano.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho y de las Instituciones
Universidad Complutense de Madrid
Recensión efectuada el 16 de junio de 2003

Altuve-Febres, Fernán: Los reinos del Perú, ed. Altuve, Lima 1996, 232 págs.

El ilustre académico peruano J.V. Ugarte, presenta esta fundición de la tesis doctoral del autor cuyo punto de arranque es la conclusión del historiador inglés W. Robertson y, luego, del argentino Levene a quien se debe la monografía Las Indias no eran colonias (Barcelona 1973). Así escribe Altuve: «La Monarquía Indiana era un Imperium con su administración independiente bajo un Consejo propio, con su legislación (Leyes de Indias), así como su particular sistema institucional. La inexistencia de unas Cortes no corresponde a una marginación sino a que en un Imperio la única fuente del derecho es el emperador» (p. 61). El primer capítulo está consagrado a la conceptuación del Imperio en contraste con el Estado nacional y, dentro de él, los virreinatos eran como las provincias romanas. El Estado centralizdo al modo francés, introducido en España por los Borbones, acabó con la idea imperial, aunque tuvo una posibilidad de revitalización con el proyecto de Aranda (1783) de configurar con príncipes españoles tres coronas, las de México, Perú, y Tierra Firme. Todavía las Cortes de Cádiz decretaban (22-I-1809): «los dominios que España posee en Indias no son propiamente colonias, sino una parte integrante de la Monarquía».

Otra importante conclusión de esta obra es que el Perú hispánico «es una realidad distinta del Señorío Inca», que era un despotismo, y los amerindios reconocieron al monarca español como su señor natural.

El autor califica de error nefasto la decisión de independizar el virreinato del Río de la Plata, segregado del Perú en 1776.

Los últimos capítulos están consagrados a demostrar la autonomía de las administraciones virreinales con sus instituciones propias.

Obra muy erudita, fundada en la historiografía más autorizada (A. García-Gallo, L. Hanke, M.H. Sánchez-Barba, J. Manzano, J. Pérez-Prendes, S. Zavala, etc) y que desmonta los tópicos que postulan un neoindigenismo racista, desintegrador de la conciencia histórica de los hispanos.

J.L. NÚÑEZ

Razon española n 90